miércoles 3 de octubre de 2007

Nuestra memoria está viva

Hace 71 años, en el verano de 1936, comenzó una de las revoluciones más importantes (todas lo son, desde las democrático-burguesas hasta las socialistas proletarias) y desdichadamente olvidadas del siglo en que nacimos: la Revolución Española. Pocas como la que se produjo en nuestro Estado hace 71 años, han sufrido en la Historia el entierro silenciado en la memoria colectiva de las masas. Fue un doble entierro. Por un lado, el que han ejercido los que vencieron la guerra civil, los defensores de los privilegios económicos, sociales y políticos de una España atrasada por las enormes diferencias entre las clases; que se sublevaron contra una República democrática que no solo les restaba poder y prebendas sino que no era capaz de frenar la escalada revolucionaria de los trabajadores y los campesinos que ponía en peligro la propiedad privada de los medios de producción y de las tierras; que implantaron a sangre y fuego una dictadura de corte fascista, nacionalcatólica, durante 4 décadas, y que tras los pactos de silencio de la cacareada “Transición”, continúa hoy a través de sus descendientes (e incluso de algunos de ellos mismos) en las más altas instancias del poder económico y político. Por otro lado, el ejercido por un sector de los que perdieron: el stalinismo, que aplastó las conquistas revolucionarias de las clases oprimidas, que no vaciló en calumniar, perseguir, encarcelar y asesinar a decenas de luchadoras y luchadores que ligaban la victoria bélica con el inseparable desarrollo simultáneo de la revolución socialista.

A poco de la sublevación de la parte más reaccionaria del Ejército y de su fracaso inmediato con el estallido de la Revolución proletaria y el derrumbe del Estado republicano burgués (19 de julio de 1936), milicias de las organizaciones obreras partieron de Madrid al frente de Guadalajara. La pareja de revolucionarios argentinos formada por Hipólito y Mika Etchebéhère se unió a una columna del POUM. Hipólito cayó bajo las balas fascistas en Atienza al mes de entrar en combate, y Mika tomó las riendas de la columna. Sería después, con la militarización de las milicias, la única mujer con mando de tropa durante la guerra. Por órdenes (equivocadas) del mando republicano, la columna se refugió en la catedral de Sigüenza, donde resistieron varios días en precarísimas condiciones junto con 700 personas, incluidas mujeres y niños. Los fascistas no dudaron en destrozar “su” templo y masacrar a los refugiados. Solo unos pocos lograron escapar antes de la matanza, entre ellos la propia Mika, quien lo narra exquisitamente en su libro Mi guerra de España (Éditions Denoël, 1976 – reeditado en castellano por Alikornio Ediciones, 2003).

71 años después, hemos recuperado la memoria que no nos contaron ni unos ni otros (pues no había dos grandes bandos sino tres), rindiendo en el mismo lugar un merecido homenaje a quienes cayeron en la lucha por una sociedad justa. Y lo más importante, la mantenemos viva. La Fundación Andreu Nin organizó los tres últimos días de septiembre unas jornadas tituladas “Memoria de revolución”, con éxito participativo. Seis decenas de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, autóctonos y foráneos, compartimos seminarios históricos, debates, talleres, proyecciones fílmicas y un emotivo recorrido por los lugares de la histórica batalla, guiados por Ignacio Costero, miliciano socialista que ayudó a escapar a algunos de los asediados, y que a sus más de 90 años nos llegó al corazón con su aplomo y clarividencia, con su prodigiosa memoria, su carácter positivo y buen humor, y su convicción socialista que no ha cedido ni a la cárcel ni a la vejación.

Con la participación de las Fundaciones 1 de Mayo y Anselmo Lorenzo, la virtud de las jornadas es que no tuvieron un carácter cerrado, sino abierto a tendencias políticas del movimiento obrero que, con sus distintas concepciones sobre la organización social, lucharon en el bando de la revolución. A pesar de que hoy nos encontramos distanciados en la unidad de acción contra los ataques del capitalismo, el valor de este tipo de actividades es que contribuyen a compartir siquiera cuestiones de memoria histórica que en muchos casos es común. Los tiempos, muy lentos hoy, de la lucha de clases, deberán ir acercándonos de nuevo hasta conseguir la ansiada unidad. Aunque sea a las generaciones que nos sucedan.